Registran afectaciones del 50 por ciento cosecha de melón

Más de 30 familias que dependen del melón en Valle de Zaragoza perdieron casi la mitad de su cultivo con las intensas lluvias registradas durante julio en el municipio. Aunque en esta región predomina la cosecha de alfalfa y sandía, agricultores como Octaviano Madrigal con más de 80 años de edad han dedicado su vida a esta fruta que suelen vender a quienes transitan por la carretera corta Parral-Chihuahua.
El campo huele a humedad. Es un olor dulce, penetrante, como de vida agazapada en la tierra. El aire está tibio, el sol se asoma entre las nubes, y al fondo, los surcos parecen ríos detenidos, dibujados por manos que conocen cada palmo de la parcela.
Entre las hojas verdes de las matas de melón, brillan gotas de agua. Algunas plantas siguen vivas, otras están vencidas, como rendidas por el peso del temporal. Las hojas, amplias, jugosas, bailan en silencio cuando sopla el viento. Hay flores amarillas y frutos que asoman redondos y jaspeados entre la tierra húmeda. Algunos ya están maduros, otros apenas nacen. Aquí, cada fruto es un pequeño milagro.
Don Octaviano camina con paso firme entre los surcos, con las botas llenas de lodo. A sus 84 años, la tierra sigue siendo su horizonte. La ha trabajado desde joven y la sigue trabajando con el mismo amor de siempre. Su espalda se dobla solo un poco, pero su mirada es recta, orgullosa, limpia.
“El melón es cobarde”, dice con voz grave y pausada, mientras levanta con cuidado una planta vencida: “La sandía es más valiente, pero tampoco aguantó esta vez. Primero nos faltó el agua. El río se secó. Y luego, cuando por fin llegó, vino de golpe y acabó con todo”. Suspira y observa los restos de una cosecha mutilada por el exceso.
Al responder de cómo le fue con la cosecha este año, Octaviano Madrigal fue tajante: “Pues no, muy bien, por el agua. Porque no hubo tanta al principio… pero luego fue por mucha agua. Mire la huerta cómo está. El agua nos dañó mucho. Las lluvias nos acabaron”.
“Desde el 15 de marzo se empieza a sembrar o trasplantar. Pero el invernadero se hace desde el 18 de febrero. Y ahí se va: fertilizantes, venenos… es mucho gasto. Yo no quería ni sembrar, por cierto. Estoy muy desanimado. Aquí iba a sembrar alfalfa, pero mi muchacho dijo: “Ahí para que se ayuden las muchachas”. Así que puse unos puestecitos para vender”.

En su pequeño rancho, las sandías se quedaron varadas en los charcos, sin fuerza para resistir. Algunas fueron picadas, otras arrastradas por la corriente que ni siquiera debería haber existido: “Perdimos el 40%”, dice, sin dramatismo, como quien ya conoce bien los caprichos del campo.
—Esta vuelta era para que durara hasta el 15 de agosto —cuenta mientras aparta unas ramas—. Estábamos en el tiempo bueno. Pero el agua vino como quien no sabe pedir permiso, y barrió todo.
Don Octaviano sembró este año casi dos hectáreas. Quería dejar la tierra descansar, tal vez probar con alfalfa, pero uno de sus hijos lo convenció. “Lo hicimos por las muchachas”, dice. “Para que pusieran unos puestecitos y se ayudaran. Vendimos poquito en el pueblo. Ahí llevé un viaje de melón y una vuelta de sandía. No más”.
El precio del esfuerzo
Pero ni eso alcanza. El precio del melón se vino abajo: “Anda sobre los 2 pesos el kilo. Antes lo vendíamos a 6. La sandía cayó hasta en 1 peso. ¿Cómo quiere que le ganemos?”, se pregunta mientras señala el camino enlodado que lleva a la parcela: “Aquí el único que gana es el coyote”, añade con amargura: “Viene, compra barato y vende caro. A uno le compra en 10 pesos el melón, y lo va y lo vende en 25 o 30. El campesino, desde que nace, sufre”.
Es un coyotaje de la fregada. Uno vende… aquí el campesino es jodido todo el tiempo. El campesino sufre desde que siembra. Uno no gana nada. El año pasado hasta preferí echar la sandía a las vacas.
El año pasado, al menos, hubo más producción. Pero ahora, con la lluvia desbordada, no sólo se perdió la fruta, sino también la esperanza de recuperar lo invertido: “Todo es caro. El frasco de veneno cuesta ya hasta mil pesos. Los fertilizantes, el riego, la gente que nos ayuda. Todo sube, menos el precio de lo que sembramos”.
Cada semana, don Octaviano paga hasta 23 mil pesos en mano de obra. Ese dinero no lo saca del melón: lo manda uno de sus hijos desde Estados Unidos: “Nos ayuda para pagar la gente, porque aquí no se alcanza. Yo le digo: ¿Para qué estás mandando dinero si ni tú haces allá, ni nosotros hacemos acá?”.
Cuando hay plaga fuerte, hay que meterle. Antes, con poco sacaba producto. Hoy no se puede ni fiar en las tiendas, porque ya nadie quiere fiar. No pagamos, porque no tenemos con qué, señala.
A pesar de todo, don Octaviano no se rinde. Nunca lo ha hecho. Ha sembrado hasta 20 hectáreas de sandía en sus mejores años, cinco o seis de melón. Hoy siembra menos, sí, pero lo hace con el mismo tesón.

Las lluvias ahogaron casi la mitad de la cosecha. / Foto: Marcos Merendón/El Sol de Parral
Tengo otra tierra más abajo con maíz. Apenas la estoy sembrando. Compramos unas tierritas. Pero si no se vende, se pierde. Las sandías y melones se movieron de más con el agua y se perdieron.
En su parcela aún hay frutas grandes, “como aliñadas”, dice orgulloso. “Mire esta”, exclama mientras corta una sandía con las manos. “Están bien chulas. Las atendí muy bien. Pero mucha se perdió”.
Herencia en la tierra
Don Octaviano no estudió, pero de la tierra hizo su universidad. De ella sacó sustento, y con el fruto de su trabajo logró que sus hijas estudiaran: dos maestras, una contadora, una licenciada en administración: “Yo no fui a ninguna graduación. Me quedaba en la paja. Porque si iba a una, no se hacía nada aquí. Pero me siento orgulloso. Ellas estudiaron gracias a la tierra. A este campo. A este melón”.
Mientras recorre su parcela, se detiene a mirar al cielo: “La lluvia hace más bien que mal”, repite, como quien reafirma una fe: “Pero este año, nos dio duro. Nos agarró desprevenidos”.
No se queja de la vida. Le agradece: “Tengo 84 años y ando en chinga. Hay unos de 60 que ya traen bordón. Yo todavía cargo la troca de sandías si es necesario”. Se ríe. Y su risa es como su cosecha: fuerte, con raíces profundas.
Alrededor de 30 familias dedican sus tierras al cultivo del melón
La producción de melón en el municipio de Valle de Zaragoza es considerablemente baja en comparación con la sandía, cultivo que se ha consolidado como el más rentable y extendido en la región, así lo dio a conocer el director de Desarrollo Rural, Manuel Lachica.
Según explicó el funcionario, actualmente son apenas unas ocho hectáreas las que se destinan al cultivo del melón en todo el municipio, trabajadas por alrededor de 30 pequeños productores. La mayoría de ellos siembra este fruto en conjunto con la sandía, aprovechando los mismos terrenos y tiempos de siembra, pero priorizando la sandía debido a su mayor rendimiento y ganancia económica.
“El melón aquí se siembra más que nada para el autoconsumo o para venderlo localmente. No da tanto como la sandía, que es la que realmente sostiene a los productores”, precisó Lachica. Añadió que el melón se ha convertido en un cultivo complementario que ayuda a diversificar, pero que no representa una actividad rentable a gran escala.

Una de las principales formas de comercialización del melón es a través de los puestos ubicados a la orilla de la carretera, especialmente en las salidas del municipio rumbo a Parral o a Chihuahua. Se ha vuelto una tradición que los viajeros se detengan a comprar fruta fresca directamente del productor, lo cual representa una fuente modesta pero constante de ingreso para las familias que la venden.
La producción de sandía, en contraste, ocupa mayor extensión de tierra y se destina tanto a consumo local como a distribución en otras regiones del estado. Lachica señaló que su demanda ha ido en aumento, lo que ha motivado a los agricultores a concentrar más esfuerzos en este cultivo.
Pese a que el melón tiene buena aceptación entre los compradores, su siembra se limita principalmente por factores económicos. “La inversión y el riesgo son similares, pero el retorno con la sandía es mayor. Por eso el melón queda relegado a espacios pequeños o de subsistencia”, mencionó el director.
El clima del municipio, así como la calidad del suelo, permite el cultivo exitoso de ambas frutas, pero son las decisiones del mercado y las necesidades económicas de las familias agricultoras las que definen la proporción de cada cultivo: “Aquí el que siembra melón es porque le gusta, o porque le sirve para el consumo de la casa, o para vender en la temporada de paso, pero no como negocio fuerte”, dijo Lachica.
Finalmente, el director destacó que el municipio seguirá apoyando a los productores, tanto de melón como de sandía, con programas de asesoría técnica, fertilizantes subsidiados y acceso a ferias regionales. No obstante, reconoció que mientras no haya incentivos mayores o un mercado más amplio, el melón seguirá siendo una actividad de pequeña escala en Valle de Zaragoza.
El futuro incierto
En Valle de Zaragoza, como en muchos pueblos del campo, la agricultura ya no es tan rentable. La lucha contra el clima, los intermediarios y los altos costos de producción tiene a muchos al borde del abandono: “Yo quería dejar esto”, confiesa. “Pero uno siempre regresa. Porque esto es lo único que sabemos hacer. Y porque la tierra, aunque duela, también cura”.
Las matas de melón siguen ahí. Algunas verdes, otras secas. Todas testigos del esfuerzo. El campo, silencioso, parece escuchar a don Octaviano mientras él vuelve a andar entre los surcos. Sus pasos, pesados pero firmes, se pierden entre la humedad y el aroma de la tierra recién mojada.
Aquí, donde la lluvia fue exceso y el fruto se echó a perder, todavía hay esperanza. Porque mientras haya quien siembre, la semilla seguirá viva.
Fuente: El Sol de Parral




