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Dos asesinatos en Michoacán reabren el debate de cómo luchar contra los cárteles

APATZINGÁN— En la penumbra de una noche calurosa, en un pequeño rancherío de casas levantadas entre interminables plantaciones de limón, un agricultor del occidente de México se acercó al sacerdote Gilberto Vergara para suplicarle ayuda.

Sumido en la desesperación, le contó que había decidido dejar secar un tercio de su huerta porque las extorsiones de los cárteles son tan fuertes que no se compensaban con la producción; que las autoridades no actuaron; que los productores de limón se reunían a escondidas y que miedo tenían a que los mataran si levantaban la voz oa morir de hambre si se quedaban callados.

El reciente asesinato de dos figuras prominentes que denunciaron al crimen organizado y las autoridades corruptas —un alcalde popular y un líder limonero— evidencia lo que los pobladores ya sabían: que los cárteles controlan gran parte del estado de Michoacán y su economía.

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